Con tablas recicladas, tarimas regaladas y lonas para evitar que la lluvia se cuele por el techo, las primeras familias que llegaron al asentamiento ubicado en el kilómetro 28 intentan construir un jacal donde vivir. Sin servicios básicos y con la incertidumbre de no saber si podrán permanecer en el predio, cada día representa un nuevo desafío para quienes decidieron comenzar de nuevo en esta zona.
Beatriz Morales, indicó que ellos fueron las primeras personas en instalarse en el lugar hace apenas tres meses, relata que llegó en busca de un mejor futuro para sus hijos, luego de enfrentar problemas personales que la obligaron a dejar el sitio donde vivía.
“Yo fui la primera persona que llegó aquí. Nos dijeron que estos terrenos los estaban vendiendo, pero nunca apareció un dueño. Lo único que pedimos es que nos digan si nos los van a vender o no, porque vivimos con esa incertidumbre.”
La mujer explica que el jacal que hoy habita fue levantada poco a poco gracias a la solidaridad de otras personas. Algunas tarimas y maderas le fueron regaladas, mientras que otros materiales los consiguió a un costo elevado, según su percepción, o los recuperó de sitios donde eran desechados.
Actualmente en su hogar viven cinco personas: tres menores de edad y dos adultos. El espacio apenas alcanza para dos pequeñas habitaciones y una cocina improvisada, donde la lluvia suele convertirse en un problema constante.
Las lonas colocadas sobre el techo son la única defensa contra las filtraciones de agua durante las precipitaciones, una situación que también enfrentan otras familias que comienzan a poblar el asentamiento.
“Todos vivimos igual. Tenemos que conseguir lonas para que no se nos meta el agua porque los techos de madera se gotean mucho. Es una de las cosas con las que más batallamos.”
A las carencias se suma la falta de servicios públicos. En el lugar no existe red de agua potable ni energía eléctrica formal. Algunas familias sobreviven gracias a conexiones improvisadas que vecinos les permiten utilizar para iluminar sus viviendas durante las noches.
La inseguridad es otra preocupación permanente. Según los habitantes, durante el día algunos menores de entre 10 y 12 años ingresan al asentamiento para llevarse materiales y objetos, mientras que por las noches jóvenes de entre 17 y 20 años, aprovechan la oscuridad para robar lo poco que las familias han logrado reunir.
Beatriz señala que prácticamente no existen recorridos de vigilancia por parte de las autoridades, por lo que los propios vecinos permanecen atentos para cuidar sus pertenencias.
“Lo poco que uno va consiguiendo se lo roban. Aquí casi nunca vemos patrullas y vivimos con miedo de perder lo que tanto trabajo nos ha costado levantar.”
Mientras nuevas familias comienzan a instalarse en la zona, los habitantes mantienen la esperanza de que las autoridades definan la situación legal de los terrenos y puedan acceder, en un futuro cercano, a servicios básicos que les permitan vivir con mayor tranquilidad. Entretanto, cada tabla colocada y cada pedazo de lona sujetado al techo representan el esfuerzo de quienes buscan convertir un terreno vacío en un hogar digno para sus hijos.












